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taza de café con cookies de chocolate

¿Compartimos unas cookies?

taza de café con cookies de chocolate

La vio ponerse de puntillas. Parecía querer alcanzar un paquete en la balda superior. Eran unas cookies de chocolate. Sin poderlo remediar dirigió la mirada a los tobillos. Perfectos. Era tan inusual encontrar esa forma. Pie pequeñito, tobillo fino, y de una manera que encontraba inexplicable, como si fuera un truco de acrobacia y resistencia, sus pantorrillas se agrandaban, se ensanchaban de manera prominente hasta alcanzar las rodillas. Desde allí, sus muslos orondos y prietos se perdían bajo la falda. No pudo evitarlo, dirigió la mirada a su culo. Sí, estaba mirándole el culo mientras que no se percataba de nada, culo redondo y ampuloso. Ella, de pequeña estatura, intentaba estirarse para coger las galletas sin conseguirlo.

Omar alargó el brazo, tomó el paquete y se lo ofreció con una sonrisa tímida.

─Gracias. ¡Oh mierda, está vacío! ¿Te lo puedes creer? se han comido la mejor parte y solo han dejado el envoltorio. ¡Puaf! ¿y ahora qué hago?

─Bueno puedes acercarte a otro supermercado, seguro que tienen más variedad de cookies que aquí.

─Lo sé, pero solo me gustan de esta marca.

Te voy a confesar algo. Hace cinco minutos pasé por este pasillo y creo que me llevé el último paquete. ─Señaló su cesta y Elena las vio allí, medio sepultadas entre tarros de mermelada y miel, natillas de chocolate, algo de leche condensada y fruta─.Lo único que se me ocurre es invitarte a un café y que las compartamos. Vivo aquí, en el portal de al lado. ¿Te apetece? Por cierto, soy Omar.

Se quedó hipertérrita, en silencio unos segundos, miró hacia el suelo y luego hacia la cesta llena de productos dulces. Jamás había visto que nadie llevara tanto azúcar junto, ni por los pasillos, ni en las cajas a la hora de pagar. ¿Tenía eso algún significado? ¿Podría aventurar que era de fiar, solo por eso? ¿Un chico dulce? Demasiadas preguntas a la vez  ¿Irse con un desconocido? No pensaba que fuera buena idea.

─Soy Elena─balbuceó─. Qué digo ahora, no sé qué hacer. Le echó una fugaz mirada, madre mía es Apolo en persona y debe ser diez años más joven que yo. Ese pensamiento la puso aún más nerviosa.

Omar se percató de que había sido muy impulsivo con la propuesta así que pensó que lo mejor que podía hacer era darle algo de tiempo. Lo cierto es que ni siquiera él mismo se daba cuenta de lo que estaba diciendo, pero no quería dejar de admirar esos diminutos tobillos, maestros del equilibrismo, acróbatas sin igual.

─Mira, yo voy guardando el sitio en la cola y mientras te lo vas pensando, ¿te parece?

─De acuerdo, nos vemos en la caja 5.

─¿Donde Silvia?─preguntó Omar.

─Sí, ¿conoces a la cajera?

-Es amiga de mi hermana.

Elena terminó su compra y, aún sin saber muy bien qué respuesta dar, llegó a la caja con una sonrisa de oreja a oreja, al fin y al cabo había dejado atrás el recelo para al menos sentirse halagada, era lo menos que podía hacer. Fue Omar quien primero pasó por caja. Ella se quedó rezagada escuchando la conversación entre Silvia y él. La cajera parecía apreciarle y mirarle con simpatía, le preguntó algo acerca de su trabajo y charlaron brevemente. En ese momento Elena decidió que sí, que se sentía confiada y que aceptaría esa invitación.

Pagaron y salieron a la puerta del supermercado.

─¿Subes?

─Sí, pero prefiero tomar té, ¿te importa? ¿Tienes en casa?

─Sin problema. Vivo en el segundo, siempre subo por las escaleras pero si quieres cogemos el ascensor.

Entraron al portal y Elena se adelantó, puso un pie en el primer peldaño de las escaleras y lo invitó a subir con la mirada. Omar le dio paso a ella primero. Subía peldaño a peldaño con los ojos puestos en sus pies y  tobillos. Adivinó unas incipientes venitas señalándose alrededor del tobillo izquierdo y un precioso lunar en el empeine del pie derecho. Iba absorto hasta que pasado el primer piso se dio cuenta de que el silencio que había entre los dos se había vuelto algo incómodo, así que decidió decir algo.

─En realidad es la primera vez que compro estas galletas. Siempre las hago caseras. Mi vecina Amanda me pasó una receta estupenda y las industriales no me saben igual. Me faltaban unos cuantos ingredientes para hornearlas así que he bajado para quitarme el capricho. Ya estamos, esta es mi puerta. Entraron en la casa, directamente al salón.

Aún flotaba en el ambiente un ligero aroma a café y té . Recostada sobre el sofá, bocarriba, semidesnuda, intentaba recobrar el aliento. Había sucedido muy rápido, apenas casi sin tiempo a degustar la merienda, todo se precipitó. Allí estaban en el plato, sobre la mesa, las pocas cookies que quedaban enteras. Omar deslizaba su lengua por encima de su ombligo en dirección descendente. Paraba un instante, besaba su piel entreabriendo sus labios y absorbiéndola suavemente, volvía a aparecer su lengua, humedeciendo de lado a lado el contorno de su vientre. Así una y otra vez, en un viaje concéntrico que parecía no tener fin.

Iba perdiendo el aliento, cada vez más excitada, cada vez más ansiosa de sentirle dentro. Omar apoyaba las manos en sus glúteos, grandes, casi mórbidos, pero tremendamente dúctiles. La asía fuertemente mientras continuaba su viaje hacia el centro del placer, el suyo, que ahora residía entre las piernas de Elena. Aunque se moría de ganas de penetrarla, no quería acelerar el momento, no quería que aquella delicia terminara. Llegó hasta su pubis, de vello castaño y alborotado. Sonrió cuando descubrió una cana medio escondida, como temerosa de ser descubierta. Nunca le importó estar con mujeres más mayores, tampoco  más jóvenes. Le bastaba con que tuvieran ese especial toque, esa anatomía, la redondez perfecta en armonioso equilibrio.

El «Niño Botero» le apodaba su gente del barrio, por esa especial querencia hacia las mujeres que recordaban la obra del pintor. Era una odisea encontrarse con una belleza como Elena. El mundo le parecía un inmenso expositor de tallas diminutas, huesos a la vista y dietas maratonianas. No hallaba gorda que no estuviera a régimen, que no se privara de comer, que no contara calorías, ni embutiera sus carnes en mallas deportivas impelidas por la esperanza de perder aunque fueran 500g.

Para él la gordura era una invitación al más carnal de los placeres, el de tocarnos mutuamente, el de alimentar con abundancia y corporeidad extrema el goce sexual. Omar, que era todo lo contrario, de constitución espigada y fibrosa se desvivía en caricias entre las piernas de Elena. Ni que decir que se despojó de su ropa interior  al sentir que no podía contener entre sus pantalones semejante erección. El glande asomaba enrojecido y brillante, ansioso, impaciente a que llegara su turno.

Ella, en un breve giro de cabeza y con los ojos entreabiertos, vio una de las cookies encima del plato. La cogió con la mano, la llevó a la altura de su pubis y susurró- Omar- Él la miró un instante, vio la galleta sonrió y le guiñó un ojo. Elena la apretó entre sus dedos haciéndola pedacitos que se precipitaron por su vientre hasta la boca de Omar. Seguía explorando con su lengua. Lamió unas migajitas que se habían quedado atrapadas en el pliegue inguinal, allí atrincheradas, como si no quisieran escapar de cada uno de los espasmos  que sacudían el cuerpo de Elena. El olor a vainilla de las cookies se mezclaban con la untuosidad lúbrica del clítoris con el que no se cansaba de juguetear, rodeándolo con su lengua, dirigiéndola de lado a lado, inflamando sin límites toda la vulva.

Aprovechó un pedacito de chocolate que quedó suspendido sobre su pubis, lo acercó a su boca, lo relamió con el dedo hasta que se deshizo entre sus dientes. Acto seguido introdujo el índice y el corazón dentro de Elena. Muy despacio, pero con firmeza, presionaba con sus dedos ligeramente arqueados hasta que podía sentir su lengua y sus dedos perfectamente sincronizados. Ella se estremecía con un ritmo más acelerado cada vez, convulsionando su cuerpo y obligando a Omar a seguirla en cada movimiento. En esos instantes finales sus tímidos y entrecortados gemidos se transformaron en un alarido de placer. Un intenso orgasmo sacudió todo su ser.

Respiró profundamente varias veces, como si no alcanzara a llenar sus pulmones lo suficiente para recobrar el aliento.

─No me hagas esperar más, no te hagas esperar más, lléname por completo.

Omar no se hizo de rogar.

 

Relato a la canela

caja de madera con canela en rama

Vera terminó de cocinar. El pato le había quedado suntuoso, espectacular, estaba satisfecha, todo perfecto, como le gustaba que salieran las cosas. Listo para cuando llegara Amanda. ¡Sorpresa! había terminado antes el reparto y decidió celebrarlo cocinando algo especial. Sobre la encimera quedó una rama de canela, la última que no quiso añadir al plato.

Toda la cocina estaba impregnada de ese aroma, le abría el apetito. Cerraba los ojos e inspiraba, quería aprisionar ese olor, atraparlo en su interior para volver a él una y otra vez. Esa calidez le provocaba nostalgia. Qué podía hacer, no veía otra alternativa que seguir cocinando canela. Era la última rama. La cogió, se la llevó  al labio inferior, exploró su sabor con la punta de la lengua. Miró la cajonera, extrajo una gran olla, la llenó de agua y la dejó caer. Lentamente el agua fue cambiando de color. Se asomaba por encima de la olla vaporizando toda su piel. Quería más, un poquito más.

Dejó que el agua se templara un poco. Extrajo la rama de canela, mojada pero casi intacta, algo agrietada quizás,  la sujetó entre sus dientes. Cogió la olla y se fue al baño, junto al dormitorio. Dejó la canela cerca, donde pudiera verla, aflojó el pantalón que llevaba puesto, lo dejó caer poco a poco, y luego las bragas. Se agachó y sumergió su sexo en el agua aún tibia, entornó los ojos buscando ese lugar que apenas podía ver.

Mojó su dedo índice en el líquido y lo lamió. Se fue incorporando poco a poco sintiendo gotas y gotas de agua de canela deslizándose entre sus piernas. Alcanzó una pequeña toalla y acarició su piel secando con ella su creciente humedad . Se deshizo de los pantalones y las bragas, cogió la rama de canela en su mano y  en tres pequeños saltos llegó a la puerta del dormitorio. Estaba entornada. Con un movimiento de su cadera la abrió y en otros tres pequeños saltos se tumbó sobre la cama, de espaldas, con las rodillas flexionadas, las piernas levemente abiertas.

Fue a probar el sabor de su piel, su piel entre las piernas. Dos dedos de su mano, lo más ágiles, bajaron directamente, despacito recorrieron los labios mayores, su tímido clítoris asomó su cabeza con curiosidad infantil. Amanda sintió que se inflamaba, pero antes tenía que olerse. Rápidamente llevó sus dedos a la nariz y el aroma a canela la embriagó de nuevo. Más canela, quiero más, pensó.

Escuchó la llave de la cerradura girando, la puerta de la casa abriéndose.  Amanda había vuelto, así que el almuerzo tendría que esperar.

─Estoy en el dormitorio.

Amanda entró y Vera torneó su cuerpo en dirección a la puerta de la habitación.

─He cocinado con tu especia favorita.

Le señaló la rama de canela que ahora ya no sujetaba con su mano, sino entre sus labios mayores, sobre su  ya abultado clítoris. Vera, pícara,  le guiño un ojo y ladeó el cuello, invitando a Amanda a entrar en la cama. Amanda dejó caer el bolso, las llaves, se levantó el vestido y lo lanzó en un solo gesto. Cogió la canela de entre las piernas de Vera y repasó con su lengua toda la rama sin dejar de mirarla y sin ocultar su creciente deseo. Luego, se sumergió en el camino aromatizado que la canela había marcado en la piel de su amante. El pato comenzó a enfriarse en la cocina.